“La ciudad como ágora, un lugar de encuentro, diversión y discusión, en el que adquiere sentido la experiencia ciudadana.”
Marcos Valle Purroy, conspirador contemporáneo.

Labarcelonadeorwell es un relato coral de la Barcelona en guerra (1936-1938), y más concretamente, de aquella ciudad que vio y vivió George Orwell, alias de Eric Arthur Blair, desde su llegada el 26 de diciembre de 1936 hasta su marcha precipitada la mañana del 23 de junio de 1937. Por la tanto, este es un recorrido de la mano de Eric Arthur Blair, un voluntario británico que viene a Barcelona para unirse a los milicianos y luchar contra el fascismo con la intención de “explicar lo que veían sus ojos, lo que oían sus oídos, lo que sentían sus manos al estrechar las manos de un hombre a pie de calle”, pero no sólo eso, los pasos de Blair a menudo se bifurcan y se adentran en otras realidades donde toman el testigo otros guías, otras voces, periodistas como Ilya Ehrenburg o Langdon-Davies, jóvenes milicianas como Olivia Castellví, Lola Iturbe, Isabel Ayllón o Silvia Mistral, voluntarios extranjeros como Nat Cohen, Harry Fisher o Camillo Berneri, milicianos de todas la tendencias políticas, enfermeras como Mary Wolfe y voluntarios de la cruz roja como Pere Basté, hijos de la burguesía como Carlos Barral, Fabià Estapè, Maria Teresa Rey o Jaume Sayrach e hijos del proletariado como Pedro García y Diego Camacho, profesores como Félix Carrasquer y Matilde Escuder, grandes industriales como Enrique Talarewitz, miembros del lumpen y de la barcelona canalla, espías como Jeanne Georgel y Hugh O’Donnell, desde Sarriá a la Barceloneta, pasando por la Torrassa y Sant Andreu, murcianos, catalanes, italianos, polacos, etc. Todos tienen voz sobre el tablero, es decir, cada individuo está georreferenciado, ocupa un lugar en el espacio y éste, al mismo tiempo, pasa también a ser protagonista, o dicho de otra manera, el plano de la ciudad es el mapa físico donde ubicamos sus voces, donde éstas tienen lugar. Por ejemplo, Carlos Barral ve pasar la guerra desde un balcón del número 106 de la Rambla de Cataluña (‘desde sus balcones vi el grandioso entierro de Durruti y los tenderetes de las fuerzas marroquíes de la liberación’) o Bob Smilie, voluntario escocés que morirá en extrañas circunstancias en un hospital de Valencia,  el cual pasará las mañanas de los primeros meses de guerra en las oficinas de la sección inglesa del POUM ubicadas en el número 128 de Las Ramblas (hoy Hotel Rivoli). Los espacios  recuperan a través de la voz de sus ocupantes la identidad de entonces, y a su vez, como si se trata de vasos comunicantes, los espacios estimulan la recuperación de  las voces de sus habitantes. Este es el caso, por ejemplo, de una pintada  en honor a Miquel Pedrola -miliciano del PUOM- encontrada en la fachada de la finca del número 45 de la calle de Sant Miquel, en la Barceloneta. Tras su muerte, acaecida durante los primeros meses de guerra, Pedrola fue homenajeado con una obra de teatro y un concierto en el barrio de la Barceloneta en un acto multitudinario. Sesenta años más tarde, en ese mismo lugar, los vecinos del barrio, algunos presentes en aquel primer homenaje , volverían a brindarle tributo. En este caso es el propio espacio -la pintada de la pared- quien recupera la memoria del barrio con la dignificación de uno de sus habitantes. Labarcelonadeorwell en realidad es también labarcelonademiquelpedrola o labarcelonadeoliviacastellví, en definitiva, es la Barcelona apegada a sus habitantes, una ciudad hecha para ellos, una ciudad donde aún podemos captar la historia (quién sabe hasta cuándo).

Éste es un proyecto que intenta dar respuesta al cómo se recuerda el pasado, experimenta el presenta y piensa el futuro, cómo desde el espacio vivido se remueven las palabras, los olores, las imágenes de una Barcelona que existe bajo los pliegues de la Historia. Se trata por lo tanto de escarbar sobre la superficie, sobre la pintura sintética de las sucursales bancarias, restaurantes de comida rápida y tiendas de souvenirs, para encontrar las pintadas, los carteles y las sábanas recién tendidas. Labarcelonadeorwell surge de la determinación de revelar lo silenciado, del silencio mismo y los recuerdos que aún no son, que con el paso del tiempo todavía siguen esperando su momento, surge, como diría Henry Wolfe, del “afán de recuperar lo perdido”, aquello que algún día fue y, hoy, de algún modo, sigue siendo bajo una densa capa de maquillaje, surge también de la ganas de volver a enamorarse de una ciudad, Barcelona, la que algún día, ya hace un tiempo, reconocí como propia. No hay nada de nostalgia, tampoco reconozco impostura o revancha en mis decisiones, hablo en nombre de mí mismo, de lo que me gustaría ver y vivir, hablo para que otros hablen, para que la belleza y el sentido prevalezca en medio del caos.

Tratamos reactivar la relación psicoafectiva de los espacios con las personas y viceversa. Treinta años de precarización y competitividad han puesto en peligro la memoria del espacio colectivo. Poco a poco se ha ido erosionado la empatía entre los cuerpos a la vez que se iba perdiendo la habilidad de compartir la vida diaria en la metrópolis. En palabras de Franco Berardi ‘se ha ido perdiendo el placer de compartir el respiro y el espacio con el otro’. Para frenar esta dinámica proponemos una práctica de ocupación de los espacios físicos, unida a una reinterpretación de los usos de éstos, en realidad, proponemos una substitución por los espacios que fueron sin que éstos dejen de ser, es decir, la Estación de Francia, por ejemplo, dejaría de ser una simple estación de trenes del año 2011 para convertirse en una estación de tren en guerra, una estación de 1936, llena de refugiados, voluntarios extranjeros, enfermeras, reporteros, una estación en la se que escucha de fondo la música del organillo y las voces de los vendedores ambulantes, donde, como hoy, se percibe la cercanía del mar. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo revivir lo pasado, cómo convertir las banderas publicitarias del Paseo de Isabel II en banderas rojinegras del Paseo de Blasco Ibáñez, cómo los espacios del siglo XXI se visten con los trajes de los años 30, cómo volver a emocionarnos?

El proyecto se sustenta en tres pilares: rigor histórico, participación colectiva y conocimiento compartido. Y se presenta como una batalla a los hábitos de la sociedad de consumo para reapropiarnos del espacio social y desarrollar la cultura colectiva. Queremos convertir la ciudad en el espacio donde las cosas suceden y no donde las cosas se compran, queremos observar la ciudad como lo que es pero también como lo que será, lo que fue y lo que fue imaginado.

El 17 de agosto del 2010, paseando por las calles de Toronto, Laura Mendes, una artista brasileña, se preguntó por primera vez sobre las preocupaciones de la gente con las que se cruzaba (de aquella curiosidad espontánea nació un proyecto artístico que todavía hoy sigue su curso: http://recollectionproject.com/). Al día siguiente decidió salir a la calle con un bloc de notas y con la firme determinación de preguntar a completos desconocidos sobre sus mayores preocupaciones. Una de sus respuestas, la primera que enumeró una joven estudiante de Derecho, le provocó un súbito sobresalto: “I worry that soon there will be no survivors of the second world war left to remind us of what took place.” Esas palabras le condujeron directamente al silencio asfixiante de su abuelo, un inmigrante gallego que nunca quiso hablar de su pasado.  Laura jamás supo los motivos de su marcha, según la familia, el hambre era suficiente acicate para emprender tal aventura. Aquello respuesta, habitual en los círculos de inmigrantes gallegos, no le bastó y durante un tiempo quiso indagar un poco más sobre el pasado del abuelo. Sus preguntas, sin embargo, siempre tuvieron la desaprovación del padre. Eso y el mutismo del viejo acabaron por desanimar a la jovencísima Laura. Diez años mas tarde, estando estudiando Bellas Artes en NY, acudió a un festival de documentales que organizaba ALBA, una asociación de excombatientes de las Brigadas Interncionales. Una de las piezas que se proyectaba llevaba por título “La cárcel interior” y era -inexplicablemente- de producción brasileña. Sentada junto a un carioca recién llegado de Río, el cual se había presentado  al tomar asiento, Laura se sintió extrañamente en casa. Pero más aún cuando en el minuto seis del film vio aparecer en la pantalla a su abuelo Modesto que con un portugués mal aprendido, que a menudo, cuando hablaba de cosas hondos e insondables, pasaba a ser gallego, explicaba como había perdido a su mujer y a su hija a manos de dos falangistas del pueblo. Laura tomó aire y se aferró al asiento. ¿Quién era su abuelo, quién era ella, hasta qué punto la memoria de uno podía convertirse en el detonante de las memorias de otro, quién calla y quién no, cuántas memorias, cuántos recuerdos acabarían desterrados en el olvido, por qué?

¿Qué ocurre cuando los recuerdos de cien personas de origen diverso se presentan de forma colectiva, cuando el acto de evocar lo vivido -algo profundamente personal y privado- se vuelve público, qué ocurre cuando ubicamos los recuerdos en el espacio,  cuando éste se torna en detonante del recuerdo, qué pasaría si juntaramos en un mismo espacio geográfico las voces del pasado, del presente y del futuro, qué ocurriría si viviésemos otra Barcelona, la de los treinta, por ejemplo?

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